Nació en Nueva York el 12 de febrero de 1969. Hasta hoy solo ha dirigido una decena de largometrajes, aunque todos dejan ese rastro maldito de la originalidad. La misma que lo vuelve un sospechoso frente a muchos de los productores de Hollywood, quienes a menudo deben preguntarse: ¿Ahora con qué se aparecerá este desquiciado? Pero es, por eso mismo, un candidato perfecto a director de culto. Se llama Darren Aronofsky y parece dispuesto a desempolvar la impresión de que el cine no es un viaje en tren por una ruta concebida minuciosamente por expertos en hacer dinero. Porque la idea de que el cine es nervio, riesgo y sorpresa viene de los tiempos fundacionales. Solo que los grandes financistas han optado por desterrarla a la isla desierta de los lugares comunes, que ya están probados como fuente de la eterna ganancia.

 

Que hacer dinero no es crimen, resulta más que evidente. Que para hacer cine la conditio sine qua non no debería ser el reembolso, no lo parece tanto. Por eso los tipos como Aronofsky deben ir despacio. O desafiar el problema de los pequeños presupuestos y de las audiencias amaestradas. Que ser fan de Barbie o de Titanic no es nada vergonzoso, pero no ser capaz de mirar un poco más allá, te aproxima a un status de conformista en materia de arte. Darren Aronofsky debutó en 1988 con Pi: El orden del caos, nada menos que la historia de un matemático que pretende descubrir una ecuación que rige el universo y, por tanto, la vida. Pura especulación y muy abstracta.

Doce años después dirigiría Réquiem por un sueño, ambientada en el infierno de las drogas y donde la música y la fotografía ejercen una suerte de prédica sin intenciones moralizantes. A medida que pasan los años uno se da cuenta de que se trata de una película de culto, un objeto visual casi autónomo que no pierde energía.

ARONOFSKY EL GUERRERO

En 2008 Darren Aronofsky tuvo el valor de dirigir a Mickey Rourke en El luchador, la historia de un campeón de lucha que como a regañadientes vuelve al ring y que el Festival de Venecia honró con el León de Oro a Mejor Película. La habilidad para entresacar del ámbito de violencia ―y por tanto atractivo, cinematográficamente hablando― la batalla interior de Randy Robinson, no hace otra cosa que poner de manifiesto las posibilidades que sabe detectar Aronofsky, allí donde a otros solo preocupan las proyecciones y los puñetazos, como en esas horribles sagas tipo Yuri Boyka.

En 2010 Natalie Portman protagonizó El cisne negro, que le propició el Oscar a Mejor Actriz en el papel de una bailarina sometida a la presión de lo que significa el estrellato. Tiempo después admitió la tensión a que le llevó ese thriller sicológico, debido a las ideas del director sobre el éxito y la competencia. Reiterando: Aronofsky buce en el alma humana. Con mayor o menor acierto, pero centrado en el sentido de la existencia. Que es lo esencial, al fin y al cabo, el individuo frente a sus aspiraciones y al sacrificio que está dispuesto a asumir por ellas. Así que tú, en plan de espectador, no lo dejes seguir de largo. Acude a ver de qué ingredientes consta su idea del cine, del arte y de ese sueño que es la vida.       

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