Stalker: la Zona está en nosotros

De nuevo sobre cine de culto. De nuevo sobre uno de los más grandes realizadores de todos los tiempos, Andréi Tarkovsky, filósofo antes que poeta, de acuerdo con su idea del cine como búsqueda en y no de el significado de la realidad. ¿Se acuerdan de Stalker? ¿Y de la Zona? ¿Qué es la Zona? ¿Qué es un stalker? Como Solaris (1972), para la realización de Stalker (1979) Tarkovsky partió de una novela, de la que extrajo alguna idea con el fin de manipularla, no a su antojo, sino a su necesidad. En este caso acudió a Picnic extraterrestre, de Arkadi y Borís Strugatski.

En cierto lugar del mundo hay un espacio en el cual el tiempo se ha dislocado. Lo llaman la Zona y ha sido resguardado por el ejército, pues se sabe que quien penetra allí, desaparece sin remedio. Pero se rumora además que en la Zona hay un habitáculo que cumple cualquier deseo, un estímulo más que suficiente para aventurarse en el peligro. Quien se atreva a intentarlo debe procurarse un stalker, un guía que lo conduzca hacia el habitáculo por entre todo lo que acecha en la Zona. Entonces aparece el Stalker, un hombre hasta cierto punto normal, con una mujer y una hija. Y aparecen dos clientes, un escritor y un profesor, a quienes el stalker mete en la zona bajo los disparos de los militares.

Tarkovsky

BUSCO UN STALKER

¿De qué va esta película, del stalker o de sus clientes? Va de la Zona, de un estado, de una perspectiva vital tan profunda como la esperanza o la angustia de cada uno. Se sabe que la Zona cambia su forma, como un cuerpo vivo. Y que el habitáculo concede poderes lo mismo al noble que al ruin. Estemos prevenidos, eso sí, porque una estética como la de Andréi Tarkovsky no se conforma con una explicación tan sencilla como decir: “la búsqueda del sentido de la existencia”. Perdón a los cuerdos consumidores del cine de acción, a quienes no tienen otro fin que divertirse. Los espectadores de Stalker no son mejores que nadie, pero deben saber que están en el cine para algo más que estimular la adrenalina. Esta película quizás les eche a perder el día.

Con sus largas secuencias, con la alternancia del sepia y de las escenas a todo color, con esos trenes que pasan a toda música y con esa serenidad diabólica que enmarca las acciones del stalker, Andréi Tarkovsky consigue una obra perturbadora, que nos inclina, incluso, a sentirnos culpables sin saber de qué. Se ha dicho que con ella preconizó la tragedia de Chernóbyl, siete años antes de la explosión y que a quienes con posterioridad protegían el lugar de intrusos se les comenzó a llamar stalkers. El British Film Institute la incluyó en su lista de las cincuenta mejores películas de todos los tiempos y sigue asombrando por su capacidad para suscitar estados de ánimo encontrados.

Que el cine no es solo aquello que obedece a estereotipos como “me ofendes, te persigo”, ni siquiera a la idea de que nos cuenten una historia con señales como las del tráfico, para que podamos llegar sanos y salvos al desenlace, lo prueban realizadores como Tarkovsky. Y películas frente a las cuales, cuando más, se llena uno de zozobra y se pregunta al salir si está de verdad en el mundo y si existe eso que llamamos realidad.

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