Todo sobre el vodka

TERCERA PARTE. FINAL

6eis

Pincharse no es nada macabro. Basta con un poco de anestesia en la parte escogida, y después el mismo piercing perfora la epidermis sin otro contratiempo que los pocos días que dura el escozor. Mi mujer, de quien yo esperaba mayor resistencia, se lo tomó como un halago, una diablura que, según le pareció, avivaba la lujuria entre nosotros y le daba seguridad. El aro de plata en el pezón izquierdo me hacía ahora imaginarla desnuda, a la hora menos pensada y estuviese yo donde estuviese, enmarcada en esas postales en sepia que archivan el porno del mil novecientos veintitantos.

Pero a la novedad de mi empresaria remozada se unía el rencor de Crosandra, quien parecía al tanto de mis cosas. Me recordaba a Tatiana Lappa, Tasia, la mujer abandonada por el gran Mijaíl Bulgákov, solo que sin el refinamiento de la rusa. Aquella semana me la había tropezado ya en tres ocasiones, y a la tercera supe que eran dos las despechadas: ella y su amiga.

—Paola ya lo sabe todo —trató de intimidarme.

—¿Te era imprescindible contárselo? —ironicé.

—A Paola no se le pueden ocultar todos los detalles todo el tiempo —me dijo.

© Mr. Hyde

Sentí un poco de temor. Con Paola en acción había motivos para estar preocupado, y Crosandra me lo iba a ratificar.  Quiere verte, me explicó. Guardé silencio. Traté de imaginar lo que se traían entre manos, pero no hizo falta. Mejor dicho, quiere que nos veas, precisó Crosandra. Y después que yo los vea a ustedes, y así hasta el infinito.

—Paz —le dije—, si firmamos la paz, te convierto en la reina de uno de mis cuentos.

Sonrió levemente. Con estudiado desánimo, solo para dejar claro que la suerte estaba echada, que Paola no transigiría.

—Tendrás que ir —insistió—. Y no creas que su enojo es contigo solo. Dice que  el castigo es para ambos, mitad para ti y mitad para mí.

—Paola es una torpe —le dije—, una torpe y una impotente.

© Mr. Hyde

Hizo una mueca, como quien siente asco.

—No me recuerdes la impotencia —sentenció.

—Paola es una puta es una puta es una puta —poeticé.

—Paola conoce a tu mujer —y bajaba la voz, como quien decide regalar una pista. 

De golpe, recordé la anécdota de la artesana que hacía sonajeros góticos. Recordé el que se había ganado mi mujer, aquel que terminé por suspender de una viga del portal, para no seguir oyendo sus reclamos. La recordé a ella misma mientras me hablaba de los sonajeros con una admiración que entonces no achaqué a otra cosa que a la extravagancia de la artista. Le di la espalda a Crosandra, la dejé, como se dice, con la palabra en la boca, pero pude, a medida que me alejaba, entender todo lo que decía. Aseguraba que Paola era más audaz que yo, que, si le hubiera pedido que le arrancara el piercing a mordiscos, no hubiera titubeado ni un segundo.

© Mr. Hyde

Sie7e               

Necesitaba estar solo y me fui al Two Brothers´ Bar. Me gustaba aquel rincón de la Avenida del Puerto, de espaldas a la ciudad, aunque los feos depósitos de enfrente no dejen ver la bahía. No quería pensar en nada, ni tenía en realidad cómo protegerme, salvo dejarlo todo a la fortuna. Llamé al barman y pedí un vodka. Lo vi alcanzar una botella panzuda, de etiqueta azul y tapón de plástico, y lo atajé. Deja esa pócima, le dije, ni finlandesa, ni española, ni americana. ¿Tú no sabes que si no es rusa no es vodka? Claro, aceptó, pero como esta es más barata… Me llevaba el vaso a los labios cuando vi entrar a Paola. No dijo una palabra. Dejó caer a mi lado un aro de plata, y se marchó. Me di un trago antes de examinar el aro. Tenía un tenue borrón de sangre.

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